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domingo, 1 de noviembre de 2009

EL PATO PATARECO

JACK el PEREZOSO

Érase una vez una mujer muy pobre que vivía en una pequeña choza. El poco dinero que tenía se lo ganaba tejiendo. Tejía a todas horas hasta que anochecía. Pero aunque trabajaba mucho seguía teniendo muy poco dinero.

La mujer tenía un hijo llamado Jack, que vivía con ella en la choza. Jack era tan vago que se pasaba el día sentado junto al fuego. Nunca hacía nada. No tenía trabajo. Todo el mundo le llamaba “Jack el perezoso”.

La mujer comenzó a enfadarse con Jack, porque siempre estaba sentado junto al fuego sin trabajar para comprar comida ni hacer nada útil .

Un día, cuando ya no pudo aguantar más, le dijo: “ Jack, tienes que trabajar. Tienes que ayudar a pagar la comida. Si no vas a trabajar tendrás que marcharte de casa y buscarte la vida”.

Al día siguiente Jack salió de casa y encontró trabajo en una granja. Cuando terminó la jornada le dieron un céntimo. Como nunca había trabajado, jamás había tenido dinero, y no sabía que hacer con él.

Para volver a casa tenía que cruzar un puente. En el puente se resbaló y dejó caer el céntimo, que cayó al río y desapareció para siempre. Cuando llegó a casa y le contó a su madre lo que había ocurrido, ella le dijo: “ Qué tonto eres. Deberías haberlo guardado en el bolsillo”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack encontró otro trabajo, esta vez en una lechería. Cuando terminó la jornada el lechero le dio a Jack una jara de leche. Jack se acordó de lo que le había dicho su madre, y se metió el cuello de la botella en el bolsillo. Cuando llegó a casa se había caído toda la leche.

“Que tonto eres”, dijo su madre. “Deberías haber traído
la jarra de leche sobre la cabeza”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack encontró trabajo en una tienda de quesos. Cuando terminó la jornada la dueña de la tienda le pagó con un gran queso redondo. Jack se acordó de lo que había dicho su madre, y se puso el queso sobre la cabeza. Pero hacía tanto calor que para cuando llegó a casa el queso se había derretido y le caía por la cara.

Cuando su madre lo vio dijo:” Que tonto eres. Deberías haber traído el queso en las manos”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack trabajó en una panadería, y cuando terminó la jornada el panadero le dio un gato viejo. Jack se acordó de lo que había dicho su madre e intentó agarrarlo con las manos. Pero el gato le arañó y se le escapó. Cuando llegó a casa le contó a su madre lo que había ocurrido con el gato.

Ella dijo:” Qué tonto eres. Deberías haberlo traído atado con una cuerda”.

Jack dijo: “Lo haré la próxima vez”.

Al día siguiente Jack encontró trabajo en una carnicería. Se pasó todo el día cortando y empaquetando carne, y cuando terminó la jornada el carnicero la dio un jamón. Jack lo cogió, lo ató con una cuerda y lo llevó arrastras a casa. Pero cuando llegó estaba estropeado y cubierto de tierra.
No podían comer aquel jamón que Jack había arrastrado por el suelo. “Qué tonto eres. Deberías haberlo traído en el hombro”, le gritó su madre.

Jack dijo: “Lo haré la próxima vez”.

Al día siguiente, que era sábado, Jack trabajó en una cuadra con burros y caballos. Trabajó tanto que al terminar la jornada le dieron un burro. Jack se acordó de lo que le había dicho su madre e intentó cargar el burro a hombros. Pesaba mucho, pero después de varios intentos lo consiguió y comenzó a caminar despacio con el burro sobre los hombros.

Por el camino pasó por delante de una casa muy bonita en la que vivía un hombre rico con su hija, que estaba muy enferma. No se había reído nunca. Los médicos le habían dicho al padre que sólo se curaría si se reía. Lo había intentado mucha gente, pero nadie había conseguido hacerla reír ni sonreír.

La joven estaba mirando por la ventana cuando pasó Jack, y vio que tenía problemas para sujetar al burro sobre los hombros. Al burro no la hacía ninguna gracia que lo llevaran boca abajo, y comenzó a dar coces y a rebuznar con todas sus fuerzas.

Era lo más divertido que había visto en su vida. Se echó a reír a carcajadas, y la risa hizo que se curara inmediatamente.

Su padre se alegró tanto que le regaló a Jack mucho dinero y una casa muy grande. Ahora Jack vive en esa casa con su madre, y sigue haciendo reír a la bella joven.

Aunque cometas muchos errores, a veces las cosas salen bien.

LA OLLA PARLANTE

Érase una vez una pareja muy pobre que no tenía nada para comer y sólo poseía una vaca flaca. Tenían tanta hambre que decidieron vender la vaca para comprar algo de comida. Así que el hombre ató una cuerda alrededor del cuello de la vaca y se encaminó hacia el mercado.

Poco después se encontró por el camino con un desconocido que le preguntó: “Buen hombre, ¿vas al mercado a vender tu hermosa vaca?”.

“Sí”, respondió el hombre pobre, aunque él no creía que su vaca fuera hermosa.

“¿Quieres comprarme la vaca?”, le preguntó pensando que quizá podría ahorrarse la caminata hasta el mercado.

“No tengo dinero, pero podemos hacer un intercambio”, dijo el desconocido. “¿Quieres cambiar tu vaca por esta olla mágica?”

El hombre miró la olla, que era bastante corriente. Era una olla grande de hierro como muchas otras que había visto. “No, tengo que vender la vaca. Necesito dinero para comprar comida”, respondió.

“Si me llevas contigo no te arrepentirás”, dijo la olla.

El hombre se quedó sorprendido al oír hablar a la olla y pensó que quizá por eso era mágica. Así que cambió su vaca por la olla y al regresar a casa la puso en el establo, donde estaba antes la vaca.

Cuando entró en casa, su mujer le preguntó: “¿ Cuánto dinero te han dado por la vaca? ¿Has comprado comida?”.

“No, pero he conseguido algo extraordinario”, contestó, y llevó a su mujer al establo para que viera la olla.

“¿Cómo se te ha ocurrido cambiar nuestra hermosa vaca por una simple olla de hierro?


Cuando el hombre estaba a punto de explicárselo, dijo la olla: “Límpiame, sácame brillo y cuélgame junto al fuego”.

La mujer se quedó pasmada, y pensó que después de todo una olla parlante podría tener valor. Así que la limpio, le sacó brillo y la colgó junto al fuego.

A la mañana siguiente la olla dijo: “Me voy, me voy”, y salió por la puerta de la choza de la pareja pobre. Tras atravesar colinas y valles llegó a la casa del hombre rico. Entró en la cocina, donde estaba su mujer haciendo su pudín favorito, y subió a la mesa de un salto.

Al ver la olla sobre la mesa, la mujer rica dijo. “Esta olla tiene un tamaño perfecto para mi pudín favorito”. Troceó unas nueces y unas pasas y las añadió la pudín.

Cuando el pudín estuvo hecho dijo la olla: “Me voy ,me voy”, y salió por la puerta.

La mujer rica dijo: “¿Adónde vas con mi pudín favorito?”.

“Me voy por colinas y valles a la choza de la pareja pobre, que vive camino arriba”, dijo antes de marcharse.”

Cuando llegó al granero del hombre pobre comenzó a descargar trigo hasta llenarlo por completo. Había suficiente trigo para dos años, y el hombre y la mujer pobres se lo agradecieron. La mujer limpió la olla, le sacó brillo y la colgó junto al fuego.

A la mañana siguiente la olla dijo: “Me voy, me voy “, y salió por la puerta de choza. Tras atravesar colinas y valles llegó a la oficina del hambre rico, donde estaba él contando su dinero, y subió a la mesa de un salto.

Al ver la olla encima de la mesa, el hombre rico dijo: “Esta olla tiene el tamaño perfecto para guardar algunas monedas de oro”, y comenzó a echar en ella puñados de monedas hasta que se le acabaron.

Cuando la olla estuvo llena de oro, dijo: “Me voy, me voy”, y salió por la puerta de la oficina.

El hombre rico se levantó y gritó: “Espera un momento. ¿Adónde vas con mis monedas de oro?”.

“Me voy por colinas y valles a la choza de la pareja pobre, que vive camino arriba”, dijo antes de marcharse.
Cuando la olla llegó a la casa de la pareja pobre echó las monedas de oro sobre la mesa. Había suficiente oro para que jamás volvieran a ser pobres, y se la agradecieron. La mujer pobre limpió la olla, le sacó brillo y la colgó junto al fuego.

A la mañana siguiente la olla dijo: “ Me voy, me voy”, y salió por la puerta de la choza del hombre que había sido rico. Cuando el hombre la vio dijo vociferando: “¡ Malvada olla! Has robado el pudín favorito de mi mujer, el trigo de mi granero y el oro que estaba contando”.

“Me voy, me voy”, dijo la olla.

“Por mí como si te vas al Polo Norte”, dijo el hombre que había sido rico. Y con estas palabras la olla le agarró del brazo y se puso en marcha hacia el Polo Norte.

Si ves alguna vez una olla caminando, es probable que se dirija al Polo Norte. Y recuerda que el hombre que va con ella fue rico hace tiempo.

Comparte lo que tienes con la gente menos afortunada.

O VELLO QUE FOI A ESCOLA

Había unha vez un vello que tiña catro fillos. Un día decidíu compartir os seus bens entre os catro e pasar o resto da súa vida na casa deles.
De primeiras foise vivir co seu fillo maior, que nun comenzo tratouno con moito respeto. “É o meu deber darlle casa e comida o noso pai – dicía-. Debemos coidalo e vestilo”. Eso durou algún tempo, pero logo deu en tratalo mal.
O pobre do vello perdeu o lugar que se lle dera na casa nun comenzo. Andivo coa roupa sen remendar e ninguén se ocupou de lle dar comida.
Ata que se foi da casa, para convivir co seu segundo fillo, que tamén o trataba mal. Cada vez que o vello ía comer, o fillo e a nora poñían cara de ferreiro e rosmaban cousas de pouco respeto. A nora comentaba: “¡ vivíamos mal denantes de que el cegase, e agora temos que apandar con esta nova canga! “
Tan incomodo se achaba o vello, que un día liscou para a casa do terceiro fillo. Pero alí ocorreulle outro tanto. E na derradeira foi vivir co máis novo. Outro fracaso. Ese fillo non era mellor que os demais. O home non sabía que facer. Cada un dos fillos quería que os outros mantivesen ò pai e releaban moito sobre este lerio apoñendo cada quen as súas razóns. Un, que tiña un montón de fillos; outro, que a súa muller era mala de aturar; este que a casa era moi cativa; aquel, que gañaba moi pouco...
-vaite para onde queiras- dixéronlle os catro-, sempre que non sexa vivir conozco.
O vello chorou diante dos seus fillos e non soubo a onde acudir. Pero non insistíu, e deixou que eles fixesen o que lles petase.
Os catro fillos reuníronse entón para decidir que facer. E acabáronse poniendo de acordo. Argallaron que o pai fose vivir a unha escola.
-Alì atoparás un banco para sentarte e poderás comer algo- dixeronlle.
Pero o vello non queria ir à escola e botouse achorar outra vez.
-Estoume quedando cego- dìxolles-. Apenas podo ver a luz que me arrodea. ¿ Como podería ver as letriñas dos libros? Amais deseo, nunca deprendín a ler. ¿ Como vou deprender agora? ¿ Como se lle vai ensinar a ler a u vello que esta a piques de morrer?
Pero de pouco lle valeron os rogos. Os fillos decidiran que iría á escola e alí o mandaron.
Cando pasou polo bosque camiño da aldea onde estaba a escola, o vello atopouse cun nobre que viaxaba no seu carruaxe, e arredouse con respeto para deixalo pasar. Pero o nobre detivo o cabalo, saíu do coche e preguntoulle ò vello para onde ía.
-Vou á escola.
-¿ À escola, meu vello? A xulgar pola túa idade, deberías máis ben estar descansando na túa casa.
Entón o vello contoulle as súas desgracias e contratempos, mentres as bagoas lle escorregaban polas fazulas. Cando o nobre escoitou a historia, sentíu moita magoa. Cavilou un chisco, e logo dixo:
- Ben o certo é que a escola non é o mellor lugar para ti. Non chores máis, acouga; eu che axudarei.
Sacou logo un bulso de seda do seu peto; un deses bulsos que solo leva a xente moi rica. Encheuno de algo, atouno e puso nun feituco estuchiño de madeira que tiña no coche.
-Leva esto à casa - dixolle- e còntalles os teus fillos aquello e aquello outro- ou sexa, o nobre explicoulle o vello o que tiña que dicir-. O vello agradeceu moito o concello e voltou por onde viñera. Cando os fillos lle viron a caixiña debaixo do brazo, deron en cavilar, porque cando un leva unha caixa así quer dicir que algo hai dentro dela. Os fillos e as noras non protestaron esta vez. Sairon o seu encontro para ver que tesouro atopará no bosque. Algúns ata lle dixeron: “ Ven, pai, descansa; debes de estar canso”. E tamén: “Come, pai, debes de ter fame”.
O vello contoulles o que acontecera, da maneira que dixo o nobre que o fixese. Foi asì:
-Hai moito, moito tempo, cando era xove e podía traballar, puiden xuntar algúns cartos. Pensei en gardalos para máis adiante, pero un nunca sabe o que pode ocorrer. De xeito que fun ò bosque e fixen un burato debaixo dun carballo onde acochei o meu pequeño tesouro. Despois non preocupei máis dese diñeiro, dado que tiña uns fillos tan bos. Pero cando me mandasteis á escola pasei pola beira do carballo onde gardara os meus aforros e entón díxenme: “ Imos ver se esas moedas de prata agardaron todo este tempo polo seu dono”. Así que me puxen a cavar, dei con elas e tróuxenas a casa. Gardareinas ata que morra. Pero despois da miña morte aquel que me queira máis, o que me trate con máis agarimo, levará a maior parte do que hai nesta caixa. De modo que agardo que me recibades de volta, fillos meus. ¿Cal de vos sera bo con voso pai... por diñeiro?
Entón os catros irmáns trataron de aparecer moi bondadosos co vello. un dixo: “ ¡ Ven morar conozco!” O outro exclamou: “ Non,¡ conozco!” O outro: “ Na miña casa!” E o derradeiro: “¡ Non señores, na miña!” De xeito, pois, que todos o vestiron e o mantiveron e mostráronse serviciais e cariñentos.
Asì foi ata que o vello morreu.
Entòn os fillos dispuxéronse a abrir a caixa, releando sobre cal deles tiña sido máis bo e merecía por tanto a maior parte do seu contido. Ò non poñerense de acordo chamaron algùns vecinos para que xulgasen. Por fin chegouse a conclusión de que os catro se comportaran con igual bondade dende que o vello voltou do bosque, e por elo debía compartillarse a herdanza en catro partes iguais.
Os fillos enterraron ó seu pai con moita cerimonia e ofreceron un gran banquete a todos os que tiñan estado no funeral. Houbo esmolas, responsos, donacións. E cando todo acabou buliron a abrir o estuche, no que se atopaba o bulso de seda que trengueleou cando o sacaron. Abrírono e baldeiraron o seu contido sobor da mesa . O que viron, non podian crelo os seus ollos. ¡ Eran soamente anaquiños de vidro!
Cando os irmáns se decataron de que o tesouro non valía un ichavo encabuxaronse moito. E os vecinos botaronse a rir con fortes gargalladas.
- ¡ Velaí o que gañaste por terdes mandado o voso indefenso e vello pai á escola!- dixeron-. Ben que tardou en deprender. Pero cando ó fin deprendeu algo, ¡ deprendeuno moi ben!

POR QUÉ LOS COCODRILOS NO COMEN GALLINAS

Un día en que la gallina salió a dar un paseo decidió ir hasta el río. Le gustaba por la orilla del río porque allí siempre encontraba algo para comer.

Mientras la gallina paseaba y picoteaba, el cocodrilo la vio acercarse y pensó: “Ñam, ñam, esa gallinita tiene que estar muy sabrosa”. Sacó la cabeza del agua, abrió su enorme boca y estuvo a punto de atrapar a la gallina, que estaba persiguiendo a una libélula y no miraba por donde iba.

La gallina dio un salto hacia atrás y dijo: “No me comas, hermano cocodrilo. ¿No me reconoces? Soy tu hermana la gallina”. No parecía tenerle miedo.

El cocodrilo se quedó tan sorprendido que cerró su enorme boca con un sonoro chasquido y pensó: “¿Por qué me ha llamado hermano? Yo soy un cocodrilo, y los cocodrilos no son hermanos de las gallinas. Me ha engañado”.

Pero ya era demasiado tarde para atrapar a la gallina, que siguió paseando y picoteando por la orilla del río. Así que el cocodrilo volvió a meter la cabeza en el agua y se alejó nadando.

Al día siguiente la gallina volvió a pasear y picotear por la orilla del río mientras perseguía a un chinche de agua. Justo entonces apareció en la orilla una cabeza enorme con la boca bien abierta. Cuando estaba a punto de cerrarse sobre ella, la gallina dijo: “No me comas, hermano cocodrilo. ¿No me reconoces? Soy tu hermana la gallina”. Y le hizo frente sin mostrar ningún temor.

¡ZAS! El cocodrilo cerró su enorme boca muy sorprendido. Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, la gallina se había ido corriendo por la orilla del río. Entonces pensó: “Me ha vuelto a engañar. Mis hermanos son los cocodrilos, no las gallinas”.

Juró que la atraparía al día siguiente. Mientras se alejaba nadando pensó: “Las gallinas no están emparentadas con los cocodrilos. Las gallinas viven en la tierra, y los cocodrilos en el agua. Me la zamparé mañana para desayunar”.

El cocodrilo estaba tan furioso por haber dejado escapar a la gallina que dio un golpe en el agua con la cola y abrió y cerró la boca con un sonoro chasquido. Armó tanto escándalo que el lagarto, que estaba tomando el sol en una roca, le preguntó: “¿ Por qué estás tan enfadado? ¿Qué te pasa?”.

“Es esa gallina que pasea y picotea por la orilla del río. Dice que soy su hermano. Incluso me llama hermano cocodrilo. Pero es imposible que sea mi hermana”, dijo el cocodrilo.

El lagarto, que era muy sabio, dijo:”Es verdad cocodrilo. La gallina y tú sois miembros de la misma familia”

“No puede ser”, dijo el cocodrilo.”Yo vivo en el agua, y ella vive en la tierra”.

El lagarto insistió:” Te digo que es verdad. Las tortugas ponen huevos como los patos y los pájaros. Los cocodrilos y los lagartos ponen huevos. Y las gallinas también ponen huevos. Todos los animales que ponen huevos son hermanos”.

“¿Todos? ¿Hasta la gallina?”, preguntó el cocodrilo una vez más.

“Hasta la gallina”, le aseguró el lagarto.

Al día siguiente la gallina volvió a pasear y picotear por la orilla del río. Entonces el cocodrilo sacó su enorme cabeza del agua y la preguntó: “¿Por qué no me tienes miedo? Podría cerrar la boca y comerte de un bocado.

“No te tengo miedo porque eres mi hermano”, cloqueó la gallina. Y se quedó allí tranquila. Luego miró a los ojos al cocodrilo y le dijo: “Soy tu hermana, y tú no comerías a tu hermana”. Al cocodrilo se le cayó una lágrima de cocodrilo y volvió a meterse en el agua.

Ahora, cuando la gallina pasea y picotea por la orilla del río, el cocodrilo piensa: “Ahí va mi hermana”. Y la gallina le saluda y dice: “Ahí va mi hermano”.


No somos tan diferentes de los demás como pensamos.

POR QUÉ EL BURRO VIVE CON EL HOMBRE

ÉRASE UNA VEZ un burro llamado Benito que vivía en un lugar en el que se sentía muy seguro. Benito era feliz allí, pero a veces se quejaba: “Ji-jo, ji-jo. Esto es tan seco que sólo hay artemisas y cactus para comer. Me gustaría vivir en un sitio con hierba para pastar y agua fresca para beber”.

Pero Benito seguía en la meseta porque allí estaba a salvo del león de la montaña, que no iba a las zonas donde había tan poco agua.

Un día, cansado de comer cactus y artemisas y de temer al león de la montaña, Benito dijo: “ Si me encuentro alguna vez con el león de la montaña no le tendré miedo. Le daré la espalda y le cocearé por toda la meseta con mis patas traseras”. Y tras pronunciar esas palabras Benito comenzó a correr y dio coces a todos los matorrales que encontró a su paso.

Cuando Benito terminó de dar coces oyó algo detrás de él, y al darse la vuelta vio al coyote.

“Buenos días, Benito”, dijo el coyote. “Me alegro de ver que te diviertes en la meseta.”

“¿Por qué me acechas?”, preguntó Benito. “Pensaba que eras el león de la montaña. Deberías respetar a los demás en vez de ir por ahí acechando y asustando”.

“¿No te alegras de ver a tu querido amigo?”, dijo el coyote.

“Te conozco bien, coyote. ¿Qué quieres de mí?”, le preguntó Benito.

“Amigo Benito, precisamente esta mañana me ha preguntado por ti el león de montaña. “¿Sabes por dónde anda Benito? He estado buscándolo”, me ha dicho. Yo he pensado que sólo podías estar en dos lugares. Puesto que no estabas allí, tenías que estar aquí, en la meseta. Así que he decidido venir para hacerte una visita. Y aquí estás.”

“¿Le has dicho al león de la montaña dónde ibas a buscarme?”, preguntó Benito.



“No”, dijo el coyote, “pero quiere que le diga dónde estás”.

“Eres un granuja, coyote. Piensas decirle al león dónde estoy, y por eso mereces que te cocee.”

Cuando Benito se dio la vuelta para cocearle, dijo el coyote: “Te equivocas. Amigo. No le he dicho dónde estabas. He venido para decirte que el león anda buscándote, no para decirle dónde puede encontrarte”.

“No sé si creerte, coyote. No me fío de ti”, dijo Benito.

“¿Te gustaría vivir en un lugar donde estais a salvo del león de la montaña?”, preguntó el coyote. “¿En un lugar lleno de pastos verdes y abundante agua para beber?”

“¿Dónde está ese lugar?”, preguntó Benito.

“ Al pie de esas colinas que están debajo de la meseta”, respondió señalando los pastos que se vecina a lo lejos. “ Allí vive el hombre, la única criatura a la que teme el león de la montaña. Allí estarás seguro”, dijo el coyote con malicia.

“He oído hablar del hombre”, dijo Benito. “Los animales que viven en su cercado tienen que trabajar para él. Les da hierba y agua fresca en abundancia, pero no son libres. No pueden ir donde quieren.”

“Pero en el cercado están protegidos, porque allí el león no puede comérselos”, dijo el coyote.

“¿Por qué te preocupa lo que me pueda pasar?”, preguntó Benito.

“Bueno, hay otra cosa. Las gallinas que están en el cercado del hombre se pasan el día cloqueando y chillando y dicen que quieren ser libres. Incluso escarban agujeros en la tierra para intentar escapar. Me gustaría ayudarlas a salir de allí. Lo he intentado muchas veces, pero el hombre no las deja marcharse”, dijo el coyote a punto de llorar.

“Amigo Benito, yo puedo llevarte ala tierra del hombre, donde estarás siempre a salvo del león de la montaña. Una tierra donde hay hierba y agua fresca en abundancia. Cuando lleguemos allí podrías hacer un agujero con tus fuertes patas traseras para que pasen por él las gallinas y yo pueda liberarlas. Yo te ayudo a ti y tú me ayudas a liberar a esas sabrosas... quiero decir a esas pobres gallinas que quieren ser libres.”

Benito miró al coyote, que le estaba mirando con ojos suplicantes. “Coyote, yo soy un burro honrado. Lo único que quieres es que te ayude a robar esas gallinas al hombre”.

“¡Así e como me pagas, sospechando que quiero robar las gallinas! Lo que te mereces es que te coma el león de la montaña”, respondió el coyote.

“¡Fuera de mi meseta, coyote!”, dijo Benito. Luego se dio la vuelta y comenzó a dar coces al coyote con sus patas traseras. Lo coceó con tanta fuerza que salió volando por los aires y aterrizó f
junto a unos cactus. Mientras el coyote se levantaba y salía corriendo gritó a Benito: “Ahora le diré al león de la montaña dónde puede encontrarte”.

“Ji-jo, ji-jo”, se rió Benito mientras iba trotando hacia la tierra del hombre. Después de saltar la cerca le preguntó al hombre si podía quedarse allí, donde había hierba y agua fresca en abundancia y no podía entrar el león de la montaña.


El hombre accedió, pero le dijo que tendría que trabajar para ganarse el sustento. Desde entonces el burro trabaja para el hombre a cambio de hierba y agua fresca. Y cada vez que un coyote se acerca a las gallinas comienza a rebuznar y a dar coces con sus patas traseras.


NO TEFÍES DE LOS EMBAUCADORES QUE TE PROMETAN UNA VIDA FÁCIL

LOS TRES BUENOS AMIGOS

La historia que os voy a contar es un gran ejemplo de la verdadera amistad. Leed con mucha atención y, al final pensad en ella.
Don Pato, don Ratón y don Conejo eran tres buenos amigos. Vivían felices y contentos. Solían verse con mucha frecuencia. Una tarde cualquiera, los tres decidieron salir al campo en busca del diario sustento.
Don Pato se encontró con un huerto lleno de tomates.¡ Hum! ¡ Que dulces y sabrosos estaban! Comió uno y arrancó dos mas para sus buenos amigos. Finalmente, antes de retirarse a descansar, dejo un tomate en la puerta de cada uno de ellos.
Don Ratón se topó con un queso exquisito. Comió un buen trozo y reservó dos mas para sus respectivos amigos. Antes de irse a casa, dejo su regalo en la puerta de don Pato y don Conejo.
El tercero de los amigos, don Conejo, se encontró con un buen montón de zanahorias. Dio buena cuenta de una de ellas y apartó otras dos, acordándose de don Pato y don Ratón. Como habían hecho sus amigos, ignorante de todo, dejo una zanahoria junto a la puerta de ambos.
A la mañana siguiente, al abrir sus respectivas puertas, los tres se encontraron con la comida completa y bien puesta. Decidieron, llenos de alegría, ir a darse el banquete junto al río. ¡Que casualidad! Los tres se presentan en el mismo sitio, a idéntica hora y con semejante comida. Naturalmente, todos se dan cuenta de lo sucedido y, muy felices, se disponen a celebrarlo todo por lo alto. ¡Eso es la autentica amistad, queridos lectores!

LAS RANAS Y LOS TOROS

Una rana, posaba al borde de un estanque, contemplaba dos toros que se embestían mutuamente en un prado cercano.
-¡Mirad que riña tan tremenda!- dijo a una compañera-. ¿Qué sería de nosotras si animales tan corpulentos vieran por aquí?
-No os asustéis- respondió la otra. ¿Qué nos importa las riñas de esas bestias? Además, esos animales no son de nuestra clase.
-Cierto es- replicó la primera -, pero yo pienso que el vencedor buscará refugio por estos lugares y entonces podría aplastarnos con su enorme peso si no tomamos las debidas precauciones. Ya ves, amiga mía, que no sin razón me preocupa la contienda.


Cuando los poderosos riñen entre si los débiles sufren las consecuencias

LA TORTITA QUE ECHÓ A CORRER

1. Érase una vez una buena mujer que tenía siete hijos. Un día, viendo que los pobrecillos estaban hambrientos, les hizo una tortita con leche, azúcar y harina de la mejor.

-¡Qué hambre tengo, mamita querida! –dijo uno de los niños-. Dame un trozo de esta tortita que estás haciendo.

A continuación, otro niño se hizo eco del primero, y todos los demás repitieron lo mismo.

-¡Callad, callad! –dijo-. Todos tendréis vuestra parte.

2. Pero la tortita, que lo estaba oyendo , no tenía el menor deseo de ser comida; y cuando estuvo bien dorada, dio un brinco y apretó a correr, como corren las tortas, esto es, rodando igual que un aro. Así cruzó el umbral de la puerta y ascendió a toda la velocidad por la ladera de la colina.

-¡Deténte, tortita! – le gritó la madre, dándose prisa a correr detrás de ella, seguida de todos sus hijos.

Pero la tortita no le hizo ningún caso, y siguió rodando a todo correr.

3. Llevaba corrido mucho trecho, cuando la tortita se encontró con un hombre que llevaba una cesta.

-Buenos días, tortita –la saludó el hombre.
-Buenos días – dijo la tortita, correspondiendo al saludo.
-Querida tortita –continuó el hombre-, no corras tanto. Deténte y deja que te coma.
-¡No y no! – respondió la tortita-. Me he escapado de una madre y de sus hijos hambrientos, y también lo haré de ti.


4. Y la tortita siguió rodando, rodando, hasta que, al doblar el lindero de un oscuro bosque, se encontró con un cerdo que estaba por allí.

-Buenos días tortita, -dijo el cerdo.
-Lo mismo te digo – respondió la tortita, apretando a correr.
-¡Vaya, vaya! – dijo el cerdo-. ¿Por qué tanta prisa? Podemos ir en compañía a través del bosque, pues según dicen, resulta muy peligroso para quien viaja solo por él.

5. La tortita encontró excelente la idea y empezó el viaje en compañía del cerdito. En esto llegaron a la orilla de un río. El cerdito estaba tan gordo que flotaba muy bien en el agua, pero la tortita no podía aventurarse a meterse en la corriente, pues sería arrastrada o , cuando menos, quedaría deshecha.

-Súbete a mi hocico – dijo el cerdo- y te llevaré a la otra orilla.

6. A la tortita le pareció de perlas la idea, y dio un salto para ponerse donde le decía el cerdo; pero en aquel instante éste abrió la boca y la tortita le cayó encima de la lengua. Se oyó un gruñido de satisfacción, ¡gruuuñ!, y la tortita, rodando, rodando, fue a parar al estómago del cerdito.

LA RANA Y EL BUEY

Le pareció a una rana que lograría, gracias a su esfuerzo, hacerse tan enorme como su vecino: un buey grande y robusto que pastaba en el prado vecino.
Con este pensamiento, se puso a hacer tantos esfuerzos para inchar su delgado pellejo que creyendo haber conseguido bastante volumen, preguntó a sus hijos si había aumentado lo suficiente.
Estos le contestaron negativamente más ella, con el deseo de alcanzar una corpulencia colosal, continuó inchándose más y más.
Hecho esto preguntó luego a su prole sobre el resultado de su esfuerzo.
-Inútilmente lo intentáis, madre – respondieron sus hijos -, pues nunca alcanzaréis volumen igual la orgullosa rana hizo un nuevo y violento esfuerzo,pero reventó.


No pretenda ser buey quien nació rana

LA PLUMA DE GANSO

El rey de la selva, don León, siempre había tenido un carácter alegre y risueño, pero un extraño encantamiento torcía su boca y le hacía fruncir el ceño de vez en cuando. Siempre que sucedía esto, don León, irritado, se negaba a comer y se metía en la cama hasta el día siguiente.
Su más querida hijita estaba muy preocupada. Desde hacía años buscaba un remedio al hechizo que pesaba sobre su padre. Por fin, una noche de tormenta, fue a ver a una curandera y le contó el problema. Esta le dio una pluma de ganso y le dijo:
- Quien sepa utilizarla adecuadamente, librará a tu padre del encantamiento que sufre.
Muchos habitantes de la región probaron suerte, pero ninguno supo dar el uso conveniente a la pluma del ganso. Al cabo, tres hermanos de la familia Ardilla intentaron, a su vez, liberar al rey.
El hermano mayor era médico y usó la pluma de ganso como un estilete para hacer una sangría al rey. A su turno, el hermano mediano, que era poeta, escribió con la pluma hermosos poemas. Don León los escuchó, impertérrito, de labios de su autor, pero su encantamiento siguió en pie.
Por fin intervino el hermano pequeño, que no tenía otro oficio que ayudar a su madre en las faenas caseras. Lleno de ingenio, tomó la pluma e hizo cosquillas con ella al rey. Este prorrumpió en sonoras carcajadas y su cara recobró la franca sonrisa que siempre la había caracterizado. Don León había sido liberado del encantamiento y recompensó al joven como se merecía.

LA LIEBRE QUE TOCABA EL VIOLIN

En un bosque lleno de abetos vivía una liebre que sabía gozar con cualquier cosa. Todo lo revolvía y lo miraba de arriba abajo, llevada de su insaciable curiosidad.
Un día se encontró un viejo violín abandonado. En seguida le tomó gusto y comenzó a tocar con él. Aprendía con mucha rapidez, y se pasaba día y noche dale que te dale. Sus amigas y vecinas la querían mucho y soportaban las continuas serenatas con buen ánimo, pero el invierno se acercaba y era preciso comenzar a acumular provisiones.
-Vamos, deja de tocar y únete a nosotras; el invierno se acerca y luego no vas a tener qué comer – le decían todos.
Sin embargo , la liebre no les hacía caso y seguía tocando y tocando, intentando mejorar su estilo.
De pronto, llegó el invierno y nuestra liebre e encontró con que no tenía nada que comer. Tuvo que ir de casa en casa pidiendo alimento. Era muy querida por sus vecinos y recibió lo necesario para calmar su apetito. Ella, en justo pago, alegró el invierno de sus benefactores, dándoles hermosos conciertos con su violín. ¡Sabía tocarlo ya con tanta dulzura!

LA JOROBA DEL CAMELLO

Cuando el mundo era nuevo había muchas cosas que hacer, y todos los animales tenían que trabajar mucho. El camello vivía en el desierto de Howling porque no quería trabajar. Comía ramas, espinos y algodoncillos. Nunca trabajaba ni hablaba. Si alguien le dirigía la palabra lo único que decía era “¡Bah!”.

Un día pasó por el desierto el caballo con una silla en el lomo y un bocado en el hocico. Al ver al camello le dijo: “ Camello, ven con nosotros a trabajar. Hay muchas cosas que hacer”.

El camello miró al caballo y dijo: “Bah”. Entonces el caballo se marchó y le dijo al hombre que el camello no quería trabajar y que sólo decía “¡Bah!”.

Poco después llegó al desierto el perro con un palo en la boca. Miró al camello y le dijo: “Camello, ven con nosotros a trabajar. Hay muchas cosas que hacer”.

El camello miró al perro y dijo: “¡Bah!”.

El perro fue a decir al hombre que el camello no quería trabajar y que sólo decía “¡Bah!”.

Más tarde pasó por el desierto el buey con un yugo en el cuello. Al ver al camello le dijo: “Camello, ven a arar y a trabajar con nosotros. Hay muchas cosas que hacer”.

“¡Bah!”, dijo el camello.

El buey que a decir a hombre que el camello no quería trabajar y que sólo decía “¡Bah!”

Al final del día el hombre llamó la caballo, al perro y al buey y les dijo: “El mundo es nuevo y hay muchas cosas que hacer. Como el camello no quiere trabajar, vosotros tres tendréis que trabajar el doble par a compensarlo”

El caballo, el perro y el buey se enfadaron mucho y decidieron reunirse a la orilla del desierto para hablar de su problema. El camello pasó por donde estaban reunidos, dijo “¡Bah!” y se marchó.

Entonces llegó el genio de todos los desiertos en medio de una nube de polvo y se detuvo donde estaban reunido el caballo, el perro y el buey.

“Genio de todos los desiertos, ¿es justo que alguien no trabaje cuando el mundo es tan nuevo y hay tantas cosas que hacer?”, le preguntaron.

“Desde luego que no”, dijo el genio. “¿Quién se niega a trabajar?”

El caballo dijo: “ En medio del desierto de Howling hay un animal con el cuello y las patas muy largas que no trabaja nunca. Solo dice “¡Bah!”.

“Ése debe ser el camello”, dijo el genio.

“No quiere cargar nada”, dijo el perro.

“No quiere arar”, dijo el buey.

“¿Hace algo?”, preguntó el genio.

“Sólo dice”¡Bah!”, dijeron los tres.

El genio se elevó dando vueltas en el aire y se fue volando por el desierto. Cuando encontró al camello mirándose en un charco de agua le preguntó: “¿Es verdad que no quieres trabajar cuando el mundo es tan nuevo y hay tantas cosas que hacer?”

“¡Bah!”, dijo el camello sin dejar de mirarse en el charco.

“como tú te niegas a trabajar, el caballo, el perro y el buey tienen que trabajar el doble. Tienen que hacer todo el trabajo”, dijo el genio.

“¡Bah!”, dijo el camello.

“No deberías repetir esa palabra. Si la dices una vez más podrías arrepentirte”, dijo el genio.

El camello dijo: “¡Bah!”.

De repente el lomo del camello comenzó a hincharse y a hincharse hasta que se le formó una gran joroba.

“Esa joroba que tienes en el lomo te ha salido por no trabajar. Pero ahora vas a trabajar”, dijo el genio.

“¿Cómo?”, preguntó el camello.

“Has perdido tres días de trabajo, sí que ahora estarás tres días sin comer. Trabajarás sin parar durante tres días seguidos. Como puedes vivir de tu joroba, no comerás no beberás nada. Trabajarás mucho.”

El camello se unió al caballo, al perro y al buey y los ayudó a trabajar.

Desde entonces el camello tiene una joroba para poder trabajar tres días sin comer ni descansar. Y nunca ha vuelto a decir “¡Bah!”.

Cuando hay mucho trabajo todo el mundo tiene que ayudar

LA GALLINITA ROJA

Érase una vez una gallinita roja que vivía junto a una granja con tres amigos: un perro, un gato y un ratón. Era una gallina muy trabajadora. Limpiaba su casa todos los días y también un pequeño huerto.

Un día, mientras cuidaba su huerto, encontró unos cuantos granos de trigo que habían quedado de la cosecha del granjero. Se puso muy contenta y fue corriendo a decírselo a sus amigos.

En la puerta de su casa encontró a Beagle, un perro grande y gordo.

Beagle estaba tumbado en la entrada. Se pasaba casi todo el día durmiendo y soñando que perseguía conejos por el bosque. Pero nunca los perseguía. Lo único que hacía era dormir y soñar, soñar y dormir. Nunca se movía de su lugar favorito.

Dentro, tumbado en el alféizar de la ventana estaba percales, un gato grande y gordo. Se pasaba casi todo el día dormitando y estirándose al sol.

Percales soñaba que perseguía ratones en el granero. Pero nunca los perseguía. Lo único que hacía era dormitar y estirarse, estirarse y dormitar. Nunca se movía de su lugar favorito.

En la cocina, tumbado junto a la entrada de su ratonera, estaba el Ratón Gris. Se pasaba casi todo el día royendo y soñando que encontraba un enorme trozo de queso. Pero nunca buscaba nada. Lo único que hacía era roer y soñar, soñar y roer. Nunca se movía de su lugar favorito.

La Gallinita Roja estaba tan contenta con los granos de trigo que entró corriendo en la casa , saltó sobre Beagle y cloqueó entusiasmada: “ Mirad qué granos he encontrado. La tierra del huerto está lista para plantar. ¿Quién va a ayudarme a sembrar trigo?”.

“ Yo no”, dijo Beagle dándose la vuelta antes de seguir durmiendo

“ Yo no”, dijo Percales bostezando antes de seguir dormitando

“ Yo no”, dijo el Ratón Gris moviendo los bigotes antes de seguir soñando.

“ Entonces lo haré yo”, dijo la Gallinita Roja, y salió corriendo con la azada bajo el ala para plantar las semillas.

Tardó varios días en plantar el trigo en el huerto. Luego lo regó, arrancó las malas hierbas y vio cómo iba creciendo. Un día, cuando el trigo estaba ya a punto, fue corriendo a casa muy contenta para decírselo a sus amigos. “¿Quién va ayudarme a recoger el trigo?”, les preguntó.

“Yo no”, dijo Beagle dándose la vuelta antes de seguir durmiendo.

“Yo no”, dijo Percales bostezando antes de seguir durmiendo.

“Yo no”, dijo el Ratón Gris moviendo los bigotes antes de seguir soñando.

“ Entonces lo haré yo”, dijo la Gallinita Roja, y salió corriendo para recoger el trigo.

Después de recoger la cosecha de trigo la Gallinita Roja volvió corriendo a casa muy contenta para decir a sus amigos que el trigo estaba listo para molerlo. “¿Quién va a ayudarme a moler el trigo?”, les preguntó.

“Yo no”, dijo Beagle dándose la vuelta antes de seguir durmiendo

“Yo no”, dijo Percales bostezando antes de seguir dormitando.

“Yo no”, dijo el Ratón Gris moviendo los bigotes antes de seguir soñando.

“Entonces lo haré yo”, dijo la Gallinita Roja, y fue corriendo
al molino para moler el trigo. Cuando volvió del molino entró corriendo en casa para decir a sus amigos que había convertido el trigo en harina. “¿Quién va a ayudarme a hacer un pan con esta harina?”, les preguntó.

“Yo no”, dijo Beagle dándose la vuelta antes de seguir durmiendo.

“Yo no”, dijo Percales bostezando antes de seguir dormitando.

“Yo no”, dijo el Ratón Gris moviendo los bigotes antes de seguir soñando.

“Entonces lo haré yo”, dijo la Gallinita Roja, y fue corriendo a la cocina para hacer el pan.


Mientras el pan esta en el horno, Beagle se despertó al oler su delicioso aroma y dejó de soñar. Se levantó de la entrada y fue a sentarse junto al horno para esperar a que estuviera listo el pan.

Al oler el apetitoso aroma del pan, Percales dejó de estirarse y dormitar. Bajó del alféizar de la ventana y fue a sentarse junto al horno para esperar a que estuviera listo el pan.

El Ratón Gris también olió el rico aroma del pan y dejó de roer y soñar. Se levantó de la entrada de la ratonera y fue a sentase junto al horno para esperar a que estuviera listo el pan.

La Gallinita Roja sacó el pan caliente del horno, lo cortó en rebanadas y las untó con mantequilla. “¿Quién ya ayudarme a comer este pan?”, preguntó después.

“Yo”, dijo Beagle.

“Yo”, dijo Percales.

“Yo”, dijo el Ratón Gris.

“No”, dijo la Gallinita Roja. “No me habéis ayudado a plantar las semillas de trigo


No me habéis ayudado a regar el trigo. No me habéis ayudado a recogerlo. No me habéis ayudado a hacer el pan. Ahora no vais a ayudarme a comerlo.” Y se comió todo el pan ella sola.

Pero la siguiente vez que la Gallinita Roja les pidió ayuda, Beagle dejó de dormir y soñar y ayudó. Percales dejó de estirarse y dormitar y ayudó. Y el Ratón Gris dejó de roer y soñar y ayudó.

Ahora la Gallinita Roja cuida el huerto con sus amigos, y le encanta hacer pan con ellos.


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LA CODICIA

Erase una vez un perro viajero, que gustaba de la paz y huía del bullicio. Caminaba siempre solo y adoraba la naturaleza.
Había empezado un largo viaje apenas tres días antes. Ahora la jornada se terminaba y la lluvia le había acompañado durante horas y horas. Llegó a una posada, rendido de cansancio y hambre; estaba empapado desde la cabeza a la punta del rabo.
Con un gesto de satisfacción se reclino en el suelo, junto al fuego de la chimenea, y allí se durmió.
En esto llegaron unos ladrones, quienes se pusieron a cantar y dar gritos. Despertaron a toda la posada, pero ellos seguían metiendo bulla.
A nuestro perro se le ocurrió una brillante idea. Con tranquilidad y resolución la puso en practica.
-¡ Que mala suerte he tenido! ¡Mira que perder por el camino ocho monedas de oro! Soy tonto de remate- dijo el perro, con gesto de pena, y en voz muy alta.
A poco, se hizo el silencio en la estancia. Los ladrones a escondidas fueron saliendo al camino. Se habían creído la historia y ahora se disponían a buscar las monedas de oro perdidas.
Se pasaron rastreando toda la noche, sin encontrar nada, como es natural. El perro entretanto pudo dormir con toda tranquilidad, su ingenio le había librado de tan molestos visitantes.

LA CAJA DE YESCA

Un soldado avanzaba por la carretera con paso marcial: ¡un, dos!, ¡un dos!. Llevaba una mochila a la espalda y un sable a un lado. Volvía de la guerra e iba de regreso camino de su casa.

Anda que andarás, se dio de narices con una vieja hechicera de horroroso aspecto; el labio inferior le colgaba hasta el pecho.
-¡Buenas tardes, soldado!-saludó-.¡Que sable tan hermoso y qué mochila tan repleta! ¡Eres todo un soldado! Si quieres, puedes tener tanto dinero como desees.

-Muchas gracias, vieja hechicera-respondió el soldado.
-¿Ves ese árbol corpulento?-indicó la bruja, señalando uno de cercano-. ¡Está vacío por dentro! Trepa hasta las ramas y verás un agujero. Por él bajarás al interior del árbol. Te ataré una cuerda a la cintura y te ayudaré a subir cuando me avises. -¿Y qué he de hacer debajo del árbol?-preguntó el soldado.

-Coger dinero-dijo la bruja-. Te advierto que en el interior del árbol hallarás una gran sala muy iluminada, pues cuelgan del techo más de cien lámparas. Verás tres puertas: podrás abrirlas, porque están las llaves en las cerraduras. Si abres la primera, verás en el centro un cofre de madera y acostado encima, un perro con unos ojos como tazas de café. No le tengas miedo.

Te daré mi delantal azul que tenderás en el suelo y entonces sin perder tiempo, coges el perro y lo pones en mi delantal, abre el arca y sacarás todo el dinero que quieras. Todo son monedas de cobre. Si prefieres plata, abre la segunda puerta. Encontrarás allí un perro con unos ojos como piedras de molino.

Pero no temas: ponlo en mi delantal y coge las monedas que prefieras. Mas, si deseas oro, puedes llevarte cuanto quieras entrando en la tercera estancia. Eso sí, hallarás un perro con ojos tan grandes como las torres de la catedral. Ese sí que es un señor perro, te lo digo yo; pero no tienes que temer. Lo pones en mi delantal y podrás coger del arcón todo el oro que quieras.

-No me parece mal-dijo el soldado-. ¿Pero qué quieres que haga yo, a cambio de eso? Pues no creo que lo hagas tan solo para que te quede agradecido.
-Pues sí-replicó la hechicera-. No te pediré ni un céntimo. Solamente deseo que me recojas una caja de yesca que mi abuela dejó olvidada la última vez que entró.

-De acuerdo; átame la cuerda a la cintura-dijo el soldado-.
-Ya está-dijo la bruja-, y aquí tienes mi delantal.
Subió el soldado al árbol, se deslizó por el agujero sujeto a la cuerda y se encontró en la gran sala que como le había dicho la bruja, alumbraban numerosas lámparas.

Y abrió la primera puerta. ¡Puf! Allí estaba el perro fijando en él unos ojos como tazas de café. –Eres un buen mozo-le dijo el soldado, mientras lo ponía en el delantal de la bruja y se llenaba los bolsillos de monedas de cobre. Después cerró el arca, volvió a dejar encima el perro y se fue a la segunda puerta. ¡Ah! Lo primero que vio fue el perro de ojos grandes como ruedas de molino.

-No me mires así-dijo el soldado-, que podrías quedarte bizco.-Y lo puso sobre el delantal de la bruja. Cuando vio la plata del arcón, tiró al suelo las monedas de cobre y llenó los bolsillos y la mochila de monedas de plata. Entonces se dirigió a la tercera puerta. ¡Que horrible! Realmente los ojos de aquel perro eran tan grandes como las torres de la catedral y rodaban en sus cuencas como castillos de fuegos artificiales.

-Muy buenas tardes-saludó el soldado, llevándose la diestra al sombrero, como saludan los militares, pues nunca había visto un perro que infundiera tanto respeto. Y después de mirarlo un segundo, como quien pide permiso, lo levantó, lo puso sobre el delantal y abrió el arca. ¡Santo Dios! ¡Cuando oro había! Bastaba con él para comprar toda una ciudad y todas las dulcerías del mundo. ¡Así era, había allí mucho dinero!.

El soldado tiró en seguida toda la plata de que se había cargado, para coger el oro. Se llenó los bolsillos, la mochila, el sombrero y hasta las botas, de manera que apenas podía andar. ¡Ahora sí que tenía dinero!
Volvió el perro a su lugar, cerró la puerta y gritó a la vieja que lo subiera.

-¡Tira de la cuerda, vieja bruja!
-¿Encontraste la caja de yesca?
-¡Atiza! Es cierto, la había olvidado-dijo el soldado, que volvió atrás y la cogió. La vieja hechicera lo sacó del árbol tirando de la cuerda, y pronto el soldado se vió de nuevo en la carretera, con los bolsillos, las botas, la mochila y el sombrero llenos de oro.

-¿Qué harás con la caja de yesca?-preguntó el soldado.
-A ti eso no te importa-replicó la bruja-.
Tú ya tienes el oro; dame ahora la caja.
-¡Cuernos!-replicó el soldado-. Dime en seguida qué vas a hacer con la caja o desenvaino el sable y te corto la cabeza.
-¡Pués no te lo diré!

Entonces el soldado le cortó la cabeza. Allí se quedó tendida. El soldado vació el oro en el delantal de la vieja, lo ató por las puntas, se lo echó a la espalda y, guardándose en el bolsillo la caja de yesca, se marchó a la ciudad.
Buscó el mejor mesón y pidió la mejor estancia y la mejor comida, que por algo era rico y tenía oro sobrante.

El criado que le lustró las botas opinó que eran muy malas para un señor tan rico., pues aún no había comprado otras. Al día siguiente adquirió botas charoladas y un rico vestido. Y he aquí al soldado convertido en un elegante caballero. La gente le contaba grandezas de la ciudad y le hablaba del Rey y de lo hermosa que era su hija la Princesa.

-¿Dónde se la puede ver?-preguntó el soldado.
-Es del todo imposible verla-le decían todos-. Vive en un castillo de bronce con muchas torres, rodeada de altas murallas. Nadie más que el Rey puede entrar y salir, porque le han profetizado que se casaría con un soldado raso y el Rey quiere impedirlo a toda costa.

“Me gustaría mucho verla”, pensaba el soldado, pero imposible obtener permiso para entrar en el castillo.
Se dio a la vida de disipación. Empezó a jugar, paseaba en coche por el parque real y fue pródigo con los pobres, en lo que demostró tener buen corazón, pues sabía por experiencia cuán triste es tener que vivir sin un céntimo en el bolsillo. Como era rico y vestía bien, pronto encontró muchos amigos que le decían que era un modelo de caballero, lo cual halagaba el amor propio del soldado. Pero como gastaba sin medida y no ganaba nada, llegó un día en que se le terminó el dinero. Viose obligado a dejar sus elegantes habitaciones por una buhardilla en una casa humilde, a limpiarse las botas y a remendárselas él mismo, y ningún amigo iba a verle, porque habían de subir demasiados escalones.

Llegó una noche en que no tuvo ni para comprarse una vela, y se hallaba a oscuras en su habitación cuando recordó que había un cabo de candela en la caja de yesca que recogiera de debajo del árbol con la ayuda de la bruja. Entonces sacó de la caja de yesca el cabo de candela y, apenas golpeó el pedernal con el eslabón, arrancando unas chispas, se abrió la puerta y se le presentó el perro de ojos como tazas de café, que había visto debajo del árbol, preguntando:

-¿Qué manda mi amo?
-¿Qué es esto? –dijo el soldado-. Esta caja de yesca no tiene precio si con ella puedo obtener cuanto deseo. Tráeme dinero- añadió, dirigiéndose al perro. Éste desapareció como un rayo; pero al momento volvió, llevando en la boca un talego repleto de monedas de cobre.

Así fue cómo descubrió el soldado el poder prodigioso de la caja de yesca. Si daba un golpe acudía el perro de la calderilla; si daba dos, el perro de la plata, y si daba tres golpes, surgía el que se echaba sobre el arca de oro. El soldado pudo volver a su vida regalada, ocupando magníficas habitaciones, vistiendo con elegancia y rodeándose de amigos que le halagaban.

Pero, un día se preguntó el soldado:

-¡Es extraño que nadie consiga ver a la Princesa! ¿Qué sacamos de que sea tan guapa como aseguran, si ha de estar siempre encerrada en un castillo de bronce con muchas torres?¿No hallaría yo manera de verla? ¡Veamos mi caja de yesca!

Sacó una chispa y al momento apareció el perro de ojos como tazas de café.

-Cierto que es de noche ya lo sé –dijo el soldado-; pero me gustaría mucho ver a la princesa aunque sólo sea por un instante.
De pronto el perro desapareció y, sin dar al soldado tiempo ni de pensar estuvo de vuelta con la Princesa que iba dormida en el lomo del animal. Era tal su hermosura, que nadie viéndola, podía dudar de que fuese una verdadera princesa. El soldado, sin poderlo remediar, que por algo era soldado, le dio un beso.

Y, entonces, el perro volvió a llevarse a la Princesa. Y al día siguiente, cuando el Rey y la Reina estaban tomando el té, les dijo la Princesa que aquella noche había tenida un extraño sueño, en el que aparecía un perro y un soldado. Había ido a caballo del perro y el soldado le había dado un beso.

- ¡Muy lindo!-dijo con ironía la Reina.
Pero aquella noche hubo de quedarse una dama de honor velando el sueño de la Princesa, para ver si era verdad que soñaba o pasaba algo.
El soldado, que se moría de ganas de ver otra vez a la Princesa, envió el perro en su busca, y el animal volvió con ella en un momento. Pero la dama de honor se puso los chanclos y se lanzó en su persecución.

Al ver que el perro desaparecía por un gran edificio, cogió un trozo de yeso y señaló la puerta con una cruz, para reconocerla después. El perro volvió a salir con la Princesa y, al ver la cruz blanca en la puerta del soldado, cogió otro pedazo de yeso y señaló con una cruz todas las puertas de las casas de la ciudad. Demostró con esto su gran sagacidad, porque así la dama ya no le sería posible indicar la verdadera puerta, entre tantas cruces.

A la mañana siguiente, el Rey, la Reina y la dama, con todos los oficiales de la Corte fueron a ver dónde había estado la Princesa.

-Es aquí-dijo el Rey, parándose ante la primera puerta en que vio una cruz.
-No es aquí ni ahí, sino allá-dijeron los demás. Y como en cada puerta veían una cruz, pronto se convencieron de que sería inútil su búsqueda.

Pero la Reina era una señora de mucho ingenio y sabía hacer algo más que ir en coche. Cogió sus tijeras de oro, cortó un trozo de seda en pedazos e hizo un bonito saco que llenó de granos de trigo. Luego lo ató a la cintura de su hija y, con las tijeras hizo un agujerito, de manera que los granos fueran cayendo en el camino.

Aquella noche el perro volvió a llevar a la Princesa al soldado, que se había enamorado locamente y sólo deseaba ser príncipe para casarse con ella. El animal no advirtió que el trigo iba indicando el camino desde el castillo hasta la ventana del soldado, por donde saltaba con la Princesa. Al día siguiente, el Rey y la Reina encontraron fácilmente la casa donde había estado su hija y mandaron prender y encarcelar al soldado.

-¡Que negro y triste era el calabozo! Y aún fue más desagradable oír la sentencia: “Mañana te ahorcarán”. Y lo peor de todo era que se había dejado la caja de yesca en el hotel.

Por la mañana pudo oír, a través de la ventana rejona, a la gente que corría fuera de la ciudad para verlo cuando lo ahorcaban. Sonó el redoble de los tambores y vio pasar a los soldados. Todo el mundo iba al lugar de la ejecución y, entre la multitud, un aprendiz de zapatero corría tanto, que se le cayó una zapatilla y ésta fue a parar a la pared, junto a los barrotes por donde miraba el condenado.

-¡Eh, tú, zapatero remendón! ¡No corras tanto! –gritó el soldado-.Tendrán que aguardar hasta que yo llegue. Si quieres ir a mi casa y traerme una caja de yesca que allí encontrarás ¡te daré veinte duros!. ¡Pero has de ir y volver como un rayo!.
El muchacho muy contento de poder ganar algún dinero, fue a buscar la caja, se la dio al soldado y...veremos lo que pasó.

En las afueras de la ciudad se había levantado un cadalso con una horca muy alta, en torno a la cual se agrupaba una enorme muchedumbre que apenas podían tener a raya los soldados. Los Reyes ocupaban un estrado con trono frente a los magistrados consejeros.

El soldado había subido al patíbulo y estaban a punto de colocarle el nudo corredizo, cuando dijo saber que era costumbre conceder una gracia al criminal antes de matarlo y que a él le gustaría mucho fumar una pipa: la última que podría fumar en este mundo.




No quiso el rey negarle esta gracia y el soldado sacó la caja de yesca y golpeó el pedernal: “Uno, dos, tres.” Inmediatamente aparecieron los perros: el primero con ojos como tazas de café; el segundo, con ojos como ruedas de molino, y el tercero, con ojos como las torres de la catedral.

-No dejéis que me cuelguen. ¡Ayudadme!.
Se arrojaron los perros sobre los jueces y consejeros, los cogieron el uno por los pies y el otro por la nariz y los lanzaron a tantos metros de altura, que al llegar a tierra quedaron destrozados.

-¡Permitidme...!-gritó el Rey. Pero el perro más grande los cogió a los dos, Rey y Reina, y los lanzó al aire para que compartiesen la suerte de los otros.

Pero entonces los soldados se asustaron y la muchedumbre gritó:
-¡Soldadito, tú serás nuestro Rey y te casarás con la bella Princesa!.
Le hicieron ocupar la carroza real y los tres perros iban delante bailando y gritando: “¡Viva!”. Los muchachos se colocaban la mano en la boca imitando trompetas, y los soldados presentaban armas. La Princesa salió del castillo de bronce y fue proclamada reina, lo cual le gustó mucho.

Ocho días duraron los festejos de la boda, y los tres perros se sentaron a la mesa del convite y miraban con sus terribles ojos.

EL ZORRO Y EL CUERVO

Cierto cuervo, de los feos el primero, robo un queso y, llevando su botín, fue a saborearlo en la copa de un árbol y en estas circunstancias lo vió un zorro muy astuto y comenzó a adularlo con la intención de arrebatárselo.
-Ciertamente, hermosa ave no existe entre todos los pájaros quien tenga la brillantez de tus plumas ni tu gallardía y belleza. Si tu voz es tan melodiosa como deslumbrante tu plumaje, creo, y con razón, que no habrá entre las aves quien te iguale en perfección.
Envanecido el cuervo por este elogio, quiso demostrar al galante zorro la armonía de su voz. Al comenzar a graznar dejó caer el queso de su negro pico.
El astuto zorro que no deseaba otra cosa, cogió entre sus dientes la suculenta presa y, dejando burlado al cuervo, se puso a devorarla debajo de la sombra de un árbol.


Quien a los aduladores oye nada bueno espere de ellos.

EL PEQUEÑO ABETO

Érase una vez un pequeño abeto. Solo, en el bosque que, en medio de los demás árboles cubiertos de hojas , él sólo tenía agujas, nada más que agujas.
¡ Cómo se quejaba!
-Todos mis amigos tienen hermosas hojas, hermosas hojas verdes. ¡ Yo, sólo tengo espinas! Quisiera tener, para darles un poquito de envidia hojas todas de oro.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, quedó deslumbrado...
- ¿ Donde están mis espinas? ¡ Ya no las tengo ¡ ¡ Me han dado las hojas de
oro que había pedido! ¡ Que contento estoy!
Y todos sus vecinos que le estaban mirando, dijeron:
-¡ El pequeño abeto es todo de oro!
Pero aquí que un hombre, un malvado ladrón, llegó al bosque y les oyó. Pensó:
-¡ Un abeto de oro! ¡Que gran negocio!
Pero como tenía miedo de ser visto, volvió por la noche con un gran saco. Cogió todas las hojas sin dejar una.
A la mañana siguiente, al verse completamente desnudo, el pobre abeto se puso a llorar.
-Ya no quiero más oro- se dijo en voz baja-. Cuando vienen los ladrones, te lo roban todo y ya no te queda nada.¡ Quisiera tener todas las hojas de cristal! ¡ El cristal también brilla!
A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía las hojas que había deseado. Se puso muy contento y dijo:
- En lugar de hojas de oro, tengo hojas de cristal; ahora estoy tranquilo porque no me las robar
á nadie.
Y todos sus vecinos que le miraban, dijeron a la vez:
-¡ El pequeño abeto es todo de cristal!
Pero, cuando vino la noche, la tempestad sopló fuerte. El pequeño abeto suplicó en vano, el viento le sacudió y no quedó ni una sola de sus hojas.
A la mañana siguiente, al ver el destroza, el pobre abeto se puso a llorar:
-¡ Que desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera tener, como mis amigos, hermosas hojas verdes.
Al día siguiente, cuando se despertó, vio que había obtenido lo que deseaba.
Y todos sus vecinos, que le miraban, se pusieron a decir:
-¡ El pequeño abeto ya es como nosotros!
Pero, durante el día, la cabra salió a pasear con sus cabritillos. Cuando vio al pequeño abeto, dijo:
-¡ Venid, niñitos míos!, ¡ venid, hijos míos! Saboread esta comida y no dejéis nada.
Los cabritillos se acercaron saltando y lo devoraron todo en menos de un instante.
Cuando llegó la noche, el pequeño abeto, completamente desnudo y tiritando, se puso a llorar como un niño.
-Se lo han comido todo- dijo en voz baja-. Ya no me queda nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes, como mis hojas de cristal y mis hojas de oro.¡Me contentaría con que me devolvieran mis agujas!
A la mañana siguiente, cuando se despertó, se encontró sus antiguas agujas y no supo que decir.
¡ Que feliz soy! ¡ Cómo se contempla! Se ha curado por completo de su orgullo. Y sus vecinos que le oyen reír, dicen mirándole:
- ¡ El pequeño abeto está como antes!

EL OSITO Y LA MIEL

A Osín le volvía loco la miel. Si por él fuera se habría zampado toda la miel que hay en el mundo. Por esa razón se pasaba el día entero metiendo las narices en las colmenas donde la miel era almacenada por las abejas. Su mamá no dejaba de advertirle:
-Osín, no te metas en donde no te llaman que un día te vas a ganar un picotazo.
Osín no hacía caso tan grande era la debilidad que sentía por la miel. El seguía curioseando de colmena en colmena. Las abejas eran bondadosas y comprendían el buen gusto que tenía Osín, pero la verdad es que el travieso mozo ya se estaba pasando, pues comía cantidades enormes de la miel que con tanto esfuerzo preparaban las abejas al fin, viendo que nada podía disuadirle de su glotonería, se vieron obligadas a darle un buen escarmiento. Un fuerte picotazo en las narices .... y Osín, muy dolorido, salió corriendo por el prado dirección a su casa.
El goloso de Osín se pasó dos días en la cama, presa de fortísimos dolores de nariz.
-Ya te lo había advertido -, Osín. Pero como tú no tienes arreglo... – le decía su madre, entre indignada y pesarosa por la terquedad de su hijo.


Donde las palabras no llegan siempre lo hace un buen picotazo, ¿Verdad, amiguitos?.

EL LEON Y EL RATONCILLO

He aquí que, un día, un enorme león que vivía en la selva se quedó profundamente dormido entre los árboles del bosque.
Mientras él dormía, un ratoncillo atrevido no hacía más que pasar y pasar junto a él.
Tanto le gustaban esos paseos, que cuando el león despertó todavía alcanzó a verlo.
¡ Y no adivinaríais dónde!
Justo, justo... al lado de su temible pata.
¡ La garra del león!
¡ Imaginad!
Seguro que el león, sin apenas moverse, podía matar tranquilamente al diminuto ratón.
¡ Pero no lo mató!
En aquella ocasión, el “rey de los animales” se portó como un rey de los que lo son y lo son de veras. Generoso, no quiso aprovecharse de su enorme poder para hacerl daño.
Dejó escapar al ratoncillo.
¡ Que suerte! ¿ Verdad?
El ratoncillo se marchó muy contento, y tan agradecido al león, que se prometió pagarle su generosidad en cuanto pudiera hacerlo.
¿Él? ¿ Al león? ¿ Tan pequeño? ¿ Cómo?
Ahora lo sabréis.
Otro día, el león, saliendo a tontas y a locas del bosque sin mirar por dónde iba, cayó en una trampa que unos cazadores la habían preparado para atraparlo. ¡ Y entonces sí que su terrible fuerza no le servía para nada!
La trampa era una red enorme de gruesas cuerdas, el león, ¡ claro está!, no sabía deshacer sus nudos.
Lo único que sabía hacer era lanzar, seguido, seguido, unos rugidos tremendos de rabia y de dolor.
Este fue el momento del ratoncillo agradecido.
Al oír los rugidos del león desesperado, se acerca corriendo a toda prisa y empieza a roer una cuerda de la red.
Rec-rec, rec-rec, rec-rec, llega a cortarla del todo. Y la red, desecha, deja libre al león.
¡ Quién lo iba a decir!
¿Si?
Esto mismo que pasó con el león y el ratoncillo, pasa cada día en el mundo.
¡ Fijaos!